Cuando tomaste mi mano un escalofrío recorrió mi cuerpo entero, me estremecí... hacía tiempo que no percibía sensaciones de ese tipo, hacía tiempo que era fría como el hielo. Qué irónico creer que mi caparazón duraría para siempre, que sería eterno y no lo rompería ni la mejor arma creada por humanos afanados con creerse deidades y viciados con superarse y destruirse entre si. Yo creía que estaba en lo correcto, al menos, hasta que llegaste tú. Tú. Simplemente, tú. Tú, sin el menor esfuerzo, lo quebraste en mil pedazos con solo mirarme, con solo acercarte, con solo hablarme... con solo acariciarme.
Debo confesar que tuve miedo, esa emoción que invade mi ser cada vez que se encuentra en peligro inminente de ser derrumbado al menor roce de piel, pero la amalgama la componía otra sensación: la adrenalina. Era tan familiar como lejano sentir que podías ser tú ese ser extraordinario con del que tanto tiempo me hablaba la gente, de aquel que llegaría sin aviso ni permiso a cambiar mi vida. No podía creer que tuvieran razón. No podía creer que ese alguien fuera tú. Sigo sin creerlo. No me malinterpretes, es que de sorprendente no tenías más que tu capacidad de hablar más allá de la voz, de hablar con tus ojos, con tu sonrisa, con tu boca, con tus manos, y esa alegría pura que se pierde al salir de la niñez, pero creo que para mi subconciente fueron motivos suficientes para imaginar que eres por lo que tanto estuve temiendo de su llegada. ¿Será que mi subconciente disfruta cuando sufro? No puede ser, ¿verdad? Si yo sufro, él también... ¿O será que él sabe algo que yo no? ¿Será que tú de verdad vales la pena? Si ese es el caso, no creo que esté equivocado... Momento... ¿Qué acabo de decir? ¿Me estoy resignando a caer en tus manos y enamorarme de nuevo para que cuando te aburras me mates el alma? No. Imposible. No otra vez...
Escudriñé entre las hojas de mis cuadernos tratando de encontrar alguna explicación sensata por la cual me pasaba esto, por la que terminaba de romper voluntariamente mi propio escudo para quedarme sin defensas en cualquier ataque a mi alma... no sé si se trataba de encontrar la respuesta u olvidarla, lo cierto era que la sabía y me negaba a creerla, estaba ahí, frente a mí, y me negada a aceptarla. "Porque me quieres". Sabía que existía otra explicación. Busqué. Busqué. Lo único que logré localizar fueron recuerdos que me empeñé en arrumbar en el antigüo desván de mis peores recuerdos, de aquellos hechos que quería olvidar pero que sabía que debía recordar para no cometer los mismos errores otra vez. Estaba ahí, en el baúl de las cosas que no debían ser tocadas nuevamente hasta el día en que contrajera matrimonio o, lo más racional, el día de mi muerte.
Hubiese querido no haber buscado explicación a todo lo que estaba pasando, la razón por la que, como por arte de magia, tú habías detenido el tiempo por un segundo para penetrar en lo más profundo de mi ser con solo tocar mi mano. Miles de recuerdos me invadieron, todos al mismo tiempo... tal vez era el modo en que se vengaban de mí por haber huído tanto tiempo de aquellos fantasmas que me perseguían por casi toda mi vida.
No estaba segura de nada, sin contar una sola cosa. No dolía, era conocido y al mismo tiempo extraño, era como si mi burbuja reventara y esta vez no se volvería a inflar, lo sabía y no sabía por qué. Mi salida, el modo de escape de un mundo construido entre cuatro paredes oscuras y colecciones de antigüedades se había ido dejándome al alcanze de tí y tú mirada, tu sonrisa, tus caricias... y ahora creo entender el porqué... Ahora saía porqué... y no podía hacer nada para evitarlo...
La paz me rodeaba como manto blanco, mas sabía que todo era una simple ilusión. Estaba tranquila aún sabiendo que mi calma algún día se alejaría, estaba completamente segura que eso sucedería tarde o temprano, pero empecé a creer que no tenía nada de malo disfrutar de la poca alegría que la vida se había dignado a prestarme: Tú. Después de todo, no te podía alejar: ya eras parte de mí. Ya no me cabe duda que para poseer un don basta con saberse digno de él. No es necesario un título de médico, ni una medalla de militar, mucho menos ser experto en las armas más modernas; ayer lo comprob: Tú, sin saber que lo hiciste, derrumbaste mi escudo, entraste hasta mis entrañas, sanaste las antigüas heridas, pero cometiste un gran error: dejaste una cicatríz. ¿Quién pensaría que la cicatríz más vieja y pequeña de todas podría ser la clave para darme la respuesta de lo que debía hacer? Nadie. Ni siquiera yo.
Ahora solo me queda esperar a que mi felicidad momentánea desaparezca nuevamente dentro de la nada, sólo necesito un segundo de lucidez, solo un ínfimo momento para actuar... debo esperar a que te vayas por un minuto de mi órgano vital desvalido y sin esperanza de vencerte para ejecutar mi plan... porque las ilusiones que me has brindado se derrumbarán más temprano que tarde, es de suponerse, siempre es así... ¿Qué diferencia tendría que haber hoy?
Juro que he llegado a pensar que te amaba... momento... no debo jurar en vano, retiro lo dicho... Te amaba. Te amé. Te amo.
